El tamaño sí importa: Por qué un flash del tamaño de una lata es tu mejor arma en la CDMX

En la fotografía, el ego suele medirse en vatios, pero la maestría se mide en resultados. Si crees que necesitas un equipo de iluminación que requiera un cargador para moverlo, estás perdiendo la agilidad que las calles y los interiores de la Ciudad de México exigen hoy.

Hace unos días, realizando una sesión editorial en un departamento de la Condesa, me encontré con un espacio reducido pero con una arquitectura brutal. Si hubiera llevado mis generadores de estudio clásicos de 600W o 1200W, habríamos perdido dos horas montando, tropezando con cables y estorbando el paso en un pasillo estrecho. En lugar de eso, saqué de mi maleta un flash compacto, no más grande que un lente 85mm.

Mientras el cliente me miraba con escepticismo —porque en este negocio aún hay quien cree que cámara grande es sinónimo de mejor foto—, yo ya estaba disparando. ¿El resultado? Una sesión fluida, un cliente relajado que no se sintió invadido por maquinaria pesada y una luz que parecía pintada a mano.

La Técnica/Solución: El dominio de la luz pequeña Muchos fotógrafos caen en la trampa de la potencia bruta. Creen que 100Ws (vatios-segundo) es poco, pero en interiores controlados, es el punto dulce de la eficiencia. La clave no es cuánta luz lanzas, sino cómo cae sobre el rostro.

Al usar una antorcha circular, la luz se dispersa de forma concéntrica y orgánica. A diferencia de los flashes de zapata (speedlights) rectangulares que generan un haz de luz «sucio» y con bordes irregulares, la fuente circular permite una transición de sombras mucho más suave.

Yo aplico esto para el «relleno sutil»: una técnica donde el flash apenas toca la piel para nivelar la textura. En una locación en la CDMX con luz natural entrando por un ventanal, el flash no busca sustituir al sol, sino «limpiar» las sombras profundas que el hueso de la ceja o los pómulos proyectan. Es lo que yo llamo «iluminación invisible»: el espectador siente que el sujeto es radiante, pero no puede identificar de dónde viene la fuente artificial.

Versatilidad sin modificaciones En el fotoperiodismo o la foto editorial de ritmo rápido, no siempre hay tiempo para montar una caja de luz (softbox) de un metro. Aquí es donde la potencia de 100W en un cuerpo pequeño brilla. Al usar el flash «desnudo» pero aprovechando su diseño circular, puedes rebotar la luz en un techo bajo o una pared blanca de la locación para crear una fuente de luz gigante sin cargar un solo accesorio.

Si el concepto requiere drama, como un retrato de un artista en su estudio en Coyoacán, usamos el flash directo. La caída de luz (light fall-off) de estos equipos pequeños es más pronunciada, lo que nos permite viñetear de forma natural y centrar toda la atención en la mirada del sujeto, dejando que el fondo se hunda en una penumbra elegante.

El límite del profesional Como experto, también debo decirte dónde está la frontera. No intentes «matar el sol» en el Zócalo a mediodía con 100Ws; ahí es donde la física nos gana y necesitarás el músculo de un flash de 600W. Pero para el 90% de los retratos corporativos, moda en interiores y sesiones de marca personal que realizo en esta ciudad, la portabilidad gana por goleada. La mejor luz es la que puedes colocar exactamente donde la imaginaste, no la que se quedó guardada en el coche por pesada.

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