
Para mí, el blanco y negro en el retrato contemporáneo no es una limitante técnica, sino una decisión estética deliberada. Me obliga —y obliga al espectador— a concentrarse en lo que realmente importa: la forma, la luz y la expresión. En esta serie reciente realizada en mi estudio, quise adentrarme en ese territorio, explorando la intimidad femenina a través de una iluminación suave pero contrastada, diseñada específicamente para esculpir los volúmenes del cuerpo y resaltar la narrativa visual de la piel.

Busqué un enfoque que privilegiara el lenguaje corporal sobre la pose estática. Mi intención fue capturar el movimiento sutil de las manos enmarcando el rostro, creando así una ventana de atención directa a la mirada. Me fascina el uso del «close-up» extremo porque me permite revelar detalles que en color pasarían desapercibidos, como la textura real de la piel y la tinta de los tatuajes —desde la luna en el pómulo hasta los motivos florales en el hombro—, integrándolos como parte orgánica de mi composición.

Técnicamente, en este trabajo aplico mi dominio de la escala de grises para narrar con luz. En las tomas de cuerpo entero y planos medios, utilicé una iluminación lateral para definir la musculatura y la silueta sin caer en la crudeza, manteniendo una atmósfera que busco sea etérea y elegante. En piezas más conceptuales, como el contraluz de la figura arrodillada, rompo con mi propio estilo de retrato tradicional para experimentar con la fotografía de arte, convirtiendo la figura humana en un elemento gráfico puro.

Con esta colección reafirmo mi convicción de que el estudio es un laboratorio de emociones. Al eliminar la distracción del color, logro que la vulnerabilidad y la fuerza de quien posa dialoguen directamente con mi lente, entregando imágenes que siento, a la vez, clásicas y profundamente modernas.







